ANNE BONNY (1697 – Siglo XVI )

y MARY READ (1695 – 1721)

Nuestros nombres son Anne Bonny y Mary Read, y aunque nacimos en orillas distintas —una en Irlanda y la otra en Inglaterra—, el destino nos unió bajo la misma bandera negra y el mismo disfraz. Desde nuestro primer aliento, la vida nos obligó a la transgresión: ambas fuimos vestidas y criadas como varones para ocultar escándalos familiares o reclamar herencias prohibidas a las mujeres. Esa máscara infantil no fue una carga, sino el mapa que nos guió hacia nuestra libertad.

Nuestros caminos se cruzaron en las Bahamas, en el corazón de la piratería. Anne había abandonado la seguridad de su hogar en las Carolinas por la pasión del océano y el amor del capitán Jack Rackham, apodado «Calico Jack». Mary, tras haber servido como soldado en Flandes y enviudado prematuramente, había vuelto a sus ropajes de hombre para buscar fortuna en las Indias Occidentales. En la cubierta del barco de Rackham, renunciamos a nuestra supuesta «feminidad» para robar, navegar y beber, actuando como uno más de la tripulación. Pronto descubrimos que no estábamos solas; bajo los sables y los juramentos, latía el mismo espíritu indomable. Juntas nos convertimos en leyenda. En la batalla, éramos las primeras en subir a la cubierta, manejando la pistola y el acero con más resolución que cualquier hombre.

Desafiamos las leyes del siglo XVIII y los límites del género, demostrando que el valor no entiende de ropajes. Nuestra suerte cambió en octubre de 1720, frente a las costas de Jamaica. 

Recordamos con rabia aquel día: mientras los hombres de nuestra tripulación se escondían cobardemente en la bodega, demasiado ebrios para luchar, nosotras dos fuimos las únicas que defendimos la cubierta con ferocidad contra las fuerzas del gobernador sir Nicholas Lawes. Fuimos capturadas y llevadas a juicio en St. Jago de la Vega, donde se nos sentenció a la horca.

Frente al verdugo, ambas reclamamos «clemencia por nuestros vientres», logrando posponer la ejecución al declarar nuestros embarazos. El destino, sin embargo, nos separó en las sombras de la prisión. Mary murió de fiebres en su celda en abril de 1721, sin volver a ver el horizonte. El rastro de Anne, en cambio, se perdió en la historia, dejando tras de sí el eco de un último reproche a Rackham en su celda. Aunque nuestras vidas tomaron rumbos distintos, nuestros nombres quedaron grabados para siempre como el testimonio de dos mujeres que prefirieron la soga del verdugo antes que la esclavitud de las faldas.

Colección el duende Pepín

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Letras Coeducativas

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