CLARA CAMPOAMOR

(1888 – 1972)

Me llamo Clara Campoamor Rodríguez y nací en Madrid, en el castizo barrio de Maravillas, en el seno de una familia humilde y liberal. Aunque la historia me recuerda como una gran oradora y jurista, mis inicios no fueron sencillos.

En mis tiempos, la vida golpeaba pronto. Siendo una niña, sufrí la pérdida de mi padre, lo que me obligó a dejar la escuela para ayudar a mi madre, que era costurera. Tuve que trabajar desde pequeña, primero como modista, luego como dependienta y telefonista. Sin embargo, mi afán de superación era inagotable. A los veintiún años logré aprobar oposiciones para el Cuerpo de Telégrafos y más tarde gané una plaza docente para enseñar a adultos, aunque al no tener el bachillerato solo podía enseñar taquigrafía y mecanografía.
Sabía que la educación era la llave de la libertad. Ya adulta, con treinta y dos años, retomé mis estudios y logré terminar el bachillerato y licenciarme en Derecho en la Universidad de Madrid en tiempo récord, convirtiéndome en una de las primeras abogadas de España, defendiendo los derechos de la mujer y casos de divorcio mucho antes de que fueran ley.

Me integré en el Ateneo y en la Real Academia de Jurisprudencia, espacios hasta entonces dominados por hombres
Con la llegada de la Segunda República en 1931, fui elegida diputada. Era una situación paradójica: las mujeres podíamos ser elegidas, ¡pero no podíamos votar!

«La libertad se aprende ejerciéndola.»

Desde mi escaño libré mi mayor batalla. Me enfrenté sola a casi todo el Congreso, incluso a mi propio partido y a la otra diputada, Victoria Kent, quien creía que debía aplazarse el voto femenino. Yo defendí que la libertad se aprende ejerciéndola y que no se podía construir una República democrática excluyendo a la mitad de la ciudadanía. El 1 de octubre de 1931, logré mi objetivo: la aprobación del sufragio universal.

Lamentablemente, esta victoria fue mi «pecado mortal» político. Tras la victoria de la derecha en 1933, fui injustamente señalada y aislada. Me culparon de su derrota y mis compañeros me dieron la espalda. Fui vilipendiada. Al estallar la Guerra Civil, tuve que huir de Madrid temiendo por mi vida, iniciando un largo exilio que me llevó a Suiza y Argentina. Elrégimen franquista me procesó por masonería y nunca me permitió regresar a mi patria sin renunciar a mis principios. Fallecí en Lausana en 1972, ciega y lejos de casa, sabiendo que el tiempo daría la razón a mi lucha.

Colección el duende Pepín

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Letras Coeducativas