JACQUELINE FELICE DE ALMANIA

(1280 – Siglo XIV)

Aunque mi apellido evoca tierras lejanas, nací en la ciudad de Florencia, en Italia, en el seno de una prominente familia de origen judío. Viví y ejercí en el París del siglo XIV, una ciudad vibrante pero cerrada a las mujeres en el saber oficial. Aunque pertenecía a la nobleza y me llamaban «Domina» o «Nobilis mulier», mi verdadera vocación no fue el protocolo, sino el arte de curar.

En mis tiempos, la medicina se volvía un monopolio de los hombres en las universidades. Aprendí mi oficio de forma empírica, observando el pulso, examinando la orina y palpando los cuerpos con el rigor que ellos decían poseer, pero que yo aplicaba con éxito real. Atendía a todos por igual: desde gentes humildes hasta figuras de la iglesia, como fray Odo de Cormessay, un hermano del hospital que sanó bajo mis cuidados cuando los grandes maestros lo daban por perdido. Mi política era clara: si no lograba curar, no pedía pago alguno.
Mi mayor fortaleza era defender la decencia de las mujeres. Sostenía que era preferible que una experta conocedora de los «secretos de la naturaleza femenina» examinara a una mujer antes que un médico varón, por cuya vergüenza muchas preferían morir antes que ser reconocidas. Lamentablemente, mi éxito despertó la envidia de los médicos de la Facultad de Medicina. En 1322, me llevaron a juicio acusándome de practicar la medicina de forma «ilícita» e «ignorante» solo porque no tenía un título universitario que ellos mismos me impedían obtener.

«Es mejor y más honesto que una mujer experta visite a una mujer enferma a que esto lo haga un hombre, a quien no le está permitido ver las partes recónditas de esta».

Presenté a ocho testigos —pacientes que juraron haber recobrado la salud gracias a mí—, pero los jueces decretaron que un hombre, por su género, siempre entendería la medicina mejor que una mujer. Me prohibieron seguir ejerciendo bajo pena de excomunión y me impusieron una pesada multa. Intentaron borrar mi autoridad para proteger su monopolio profesional, pero mi historia permanece como prueba del largo camino de las mujeres en la ciencia.

Colección el duende Pepín

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Letras Coeducativas

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