MARIA WINKELMANN (1670-1720)
Nací en Leipzig (Alemania), en una familia que apostó por mi educación, algo inusual para una niña del siglo XVII. Yo no tuve la oportunidad de acceder a la universidad ya que, en mi época, a las mujeres no se nos permitía cursar estudios superiores. Pero mi interés por la ciencia no me detuvo y comencé mi aventura aprendiendo como ayudante del astrónomo Christopher Arnold.
Más adelante, conocí al famoso Gottfried Kirch, una eminencia en la astronomía, con quien me casé 1692. Trabajé codo a codo con él, colaborando en todos sus proyectos.
En el año 1700 nos fuimos a Berlín; él consiguió un reconocido puesto en la Academia de las Ciencias, pero yo no puede obtener ningún cargo oficial, pues las mujeres no teníamos estudios superiores en el ámbito científico.
Tuve que conformarme con ser la “ayudante” de mi marido, en la teoría, porque en la práctica ambos nos dedicábamos a indagar por largas horas en el observatorio…

Fue durante una noche cuando descubrí algo maravilloso: ¡un cometa!, el llamado C/1702. Cuando mi marido comprobó mi hallazgo, se avergonzó de que no hubiera sido él quien lo descubriera, por lo que se atribuyó mi mérito frente a la comunidad científica. No fue hasta poco antes de su muerte que desveló la verdad, incluso me animó a pedir mi reconocimiento como astrónoma y un puesto en el observatorio. A pesar de ser la primera mujer en la historia en descubrir un cometa y de haber publicado valiosas investigaciones, no aceptaron mi reconocimiento como astrónoma. Continué el resto de mi vida observando e indagando, junto a mi hijo y a mis dos hijas, a quienes pude transmitirles mi vocación por la astronomía.
«Unos días antes observé una estrella variable, y mi mujer quiso buscarla y observarla por ella misma. Al hacerlo encontró un cometa en el cielo. Al momento ella me despertó y vi que efectivamente se trataba de un cometa… Me sorprendió que yo no lo hubiera visto la noche anterior.»
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