MARIE BRACQUEMOND

(1840-1916)

FFui una pintora surrealista nacida en Viveiro (Lugo). Crecí en una familia Nací en Francia a mediados del siglo XIX, en unos tiempos caracterizada por la revolución de las mujeres sufragistas que luchaban por la igualdad de derechos. Desde niña recibí clases de pintura y desarrollé mi vocación por el arte. Con diecisiete años logré exponer mi obra en el Salón de Pintura y Escultura de París.

Seguí formándome con Jean Auguste Yngres, un reconocido pintor, participando en exposiciones y ganando reconocimiento, tanto que grandes personalidades me encargaban obras, como la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, o el conde de Nieuwerkerke.

En 1866 conocí a Félix Bracquemond, un ceramista con el que me casé. Tuve un hijo, Pierre Bracquemond; fue quien escribió mi biografía La Vie de Félix y Marie Braquemond. Adentrándome en los círculos vanguardistas conocí a prestigiosos artistas como Degas, Monet y Gauguin, que valoraban mi talento. En esa época, la pintura “propia de las mujeres” estaba encasillada en temáticas florales y bodegones. ¡Pero yo no quería pintar flores!

«No quiero pintar flores. Quiero trabajar en la pintura y expresar aquellos sentimientos que el arte me inspira”»

Contra el estilo tradicional y principios academicistas de la pintura, fui adoptando los criterios del Impresionismo. Me enamoré de esta corriente y comencé a pintar en el exterior, experimentando con la luz, el color y la pincelada libre. Yo admiraba a pintoras como Berthe Morisot o Mary Cassat, y quería seguir los pasos de ellas. En 1878 participé en una exposición con mi serie Las musas del Arte, y en 1880 presenté obras impresionistas como La Dama de Blanco o En la terraza de Sévres, que causaron gran admiración. Mientras mi éxito crecía, mi marido criticaba continuamente mi transformación artística y mi ruptura con los canones preestablecidos que él defendía. No soportaba mi aficción de pintar al aire libre, fuera del hogar. Tampoco le gustaba que me relacionara con los grupos impresionistas. Sus reproches y las continuas discusiones me obligaron a ceder, a limitar mis amistades y a conformarme con pintar en el interior de mi casa, que era “lo que debían hacer las mujeres”; hasta que me aburrí tanto que, cansada, me rendí. En 1980 dejé los pinceles para siempre…

 

Colección el duende Pepín

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Letras Coeducativas

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