MARY ANNING (1799-2847)

Fui una paleontóloga del siglo XIX que no tuvo opciones a recibir ningún tipo de formación, con lo cual, todo lo que pude aprender lo hice de forma autodidacta. Nací en Lyme Regis (Inglaterra), en una familia pobre y de ideología protestante. Crecí entre los yacimientos costeros, ya que, junto con mi hermano, acompañábamos a mi padre a buscar fósiles para venderlos a coleccionistas.

En 1810 mi padre falleció por tuberculosis, y tuvimos que continuar explorando los acantilados, reuniendo piezas valiosas para la venta. Era la forma de conseguir algún ingreso en la familia. Fue en ese tiempo cuando mi hermano encontró el cráneo de un ictiosaurio. Emocionada, no dejé de buscar hasta que descubrí el resto del esqueleto de este impresionante espécimen, que captó la atención de los científicos. Conocí a Thomas Birch, un coleccionista de fósiles que nos ayudó económicamente organizando subastas.

Dediqué toda mi vida a explorar y llegué a encontrar grandes vertebrados como el primer esqueleto de un pterosaurio y el de un pez fósil llamado Squaloraja.

 

«El mundo me ha utilizado con tan poca consideración que me ha hecho sospechar de la humanidad en general.»

Fui ganando reputación en el mundo de la paleontología y llegué a compartir expediciones con reconocidos científicos como William Buckland o Richard Owen. Mis hallazgos llamaron la atención de los científicos, que publicaban mis descubrimientos, aunque mi nombre nunca aparecía en los artículos.

A pesar de mi gran competencia en geología, anatomía y paleontología, nunca fui admitida en la Sociedad Geológica de Londres, ya que a las mujeres no se nos permitía formar parte de la organización.

Colección el duende Pepín

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Letras Coeducativas

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