MIRIAM STIMSON (1913-2002)
Nací en Chicago, en una familia numerosa y católica de principios del siglo XX. Desde niña tuve que ayudar a mi madre en la crianza de mis hermanos, ya que adolecían de enfermedades. Ese fue el motivo por el que, desde temprana edad, me interesé por los tratamientos médicos y desarrollé mi gran pasión por la investigación científica.
Ingresé en una academia religiosa en Michigan, bajo la dirección de las Hermanas Dominicas. Tras graduarme, trabajé en el centro como profesora. Mi vocación por la espiritualidad y mi fe me llevó a ingresar en una orden dominica donde tomé los hábitos como religiosa. Ser monja no me impidió continuar estudiando en la Universidad de Siena Heights y me licencié en Química. Continué impartiendo clases como profesora e investigando en mi laboratorio.
Me dediqué a estudiar los tratamientos contra el cáncer, la estructura del ADN y desarrollé un importante trabajo sobre espectroscopía infrarroja. Cuanto más aprendía más me convencía la idea de que la ciencia era un camino que me acercaba a conocer la naturaleza de Dios. La razón y la fe eran tan compatibles que me ayudaban a comprender el sentido de la existencia.

«El espíritu dominico de la búsqueda de la verdad era algo muy importante para ella, porque al llegar a conocer la verdad sabemos más acerca de Dios»
A partir de 1945 mis estudios fueron tan valiosos que se publicaban en prestigiosas revistas científicas, lo que me ayudó a relacionarme con importantes científicos. Mis investigaciones causaron interés a nivel internacional, incluso fui invitada a impartir una conferencia en la Universidad de la Sorbona de París tras Marie Curie.
Uno de mis mayores logros fue el desarrollo de un trabajo que sirvió para descubrir la estructura del ADN, mediante su análisis a través de una técnica que utilizaba el bromuro de potasio. James Watson y Francis Crick fueron científicos que descubrieron la estructura de doble hélice del ADN, por lo que les otorgaron el Premio Nobel de Medicina en 1962. Lo que no se contaba era que tal hallazgo fue posible gracias a mis investigaciones y las de otras científicas que, lejos de ser reconocidas, fuimos criticadas y olvidadas en la historia de la ciencia. Fallecí en 2002 sin haber sido reconocida por mi trabajo.
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