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VIRGINIA WOOLF (1842-1941)

Me consideran una escritora feminista de la literatura modernista del siglo XX, pues me gustaba romper con lo tradicional, con las normas sociales que me parecían injustas. Nací en Londres, en la sociedad victoriana, con extremas diferencias sociales. Inglaterra había vivido la Revolución Industrial y enfrentaba los movimientos obreros revolucionarios que luchaban contra las injusticias sociales.
En mis tiempos, las niñas no tenían opción a estudiar, por lo que no pude ir a la escuela. Pero aprendí en mi casa con la ayuda de mi padre y otros tutores. Tras quedarme huérfana, fui a vivir a Bloomsbury. Con los años, mi casa llegó a convertirse en un centro de reuniones donde compartir conocimiento con grupos de ilustres hombres y mujeres de mi época. Fue cuando empecé a escribir. En este “círculo de Bloomsbury” conocí a mi marido con el que fundé la editorial Hogarth Press y conseguí editar mis propios libros. Una habitación propia (1929), es mi obra más conocida (1929).

 

«no hay barrera, cerradura ni cerrojo
que puedas imponer a la libertad de mi mente»

Las mujeres tenemos dificultades extremas para poder estudiar y dependemos económicamente de los hombres, ya que nos limitan nuestros derechos. Necesitamos un espacio propio, tiempo y recursos para poder escribir y crear. ¿Por qué nos tienen que limitar a permanecer en nuestras casas, haciendo tareas domésticas y cuidar de los hijos mientras ellos estudian y trabajan? ¿por qué el mundo fuera de las casas es solo para los hombres? ¡Necesitamos independencia económica y personal para poder escribir! Es lo que lo que quiero decir cuando hablo de “una habitación propia”.

 

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MARY WOLLSTONECRAFT

(1759-1797)

 Fui una escritora filósofa del siglo XVIII, nacida en Londres, que desde muy joven defendí los derechos de las mujeres en una sociedad en la que la educación estaba vetada para ellas.

¿Por qué no tenemos las mismas oportunidades que los hombres? ¿Por qué no podemos estudiar como hacen ellos?

Me encantaba leer y nutrirme de conocimiento; así fue como pude formarme, de forma au- todidacta. Pasé una infancia difícil ya que mi padre era alcohólico, maltrataba a mi madre y nos dejó en la ruina. Tuve que trabajar desde muy joven como costurera, institutriz y maestra. Tomé conciencia de que era necesario que las niñas recibieran una educación igual que la de los niños. Esta idea fue la que expuse en mi libro Reflexiones sobre la educación de las hijas (1787). En Francia se inició la Revolución Francesa en 1789. La gran mayoría del pueblo francés vivía en la pobreza bajo el poder absoluto de la monarquía.

 «No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas.»

Entonces se desarrolló un pensamiento ilustrado y revolucionario para combatir las desigualdades sociales. Pero este pensamiento no alcanzaba a las mujeres, que seguían siendo excluidas de las decisiones políticas. Por ello, un grupo de mujeres valientes crearon los “Cuadernos de Quejas”, para reivindicar los derechos constitucionales que solo pensaban aplicar a los hombres.

Motivada por estas ideas escribí Vindicación de los derechos de la mujer (1792), criticando duramente el sistema educativo desigual. Fallecí con treinta y ocho años, días después de nacer mi segunda hija, Mary Shelley. Ella llegó a ser una autora reconocida por su exitosa novela Frankenstein (1818). Su padre, que fue mi segunda pareja, se encargó de publicar mis memorias más íntimas y, durante más de un siglo, mi imagen se vio humillada por no seguir las normas establecidas de mi época.

 

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HERMANAS BRONTË: CHARLOTTE (1816-1855), EMILY (1818-1848) Y ANNE (1820-1849)

Nacimos en la Inglaterra del siglo XIX, en una época donde las mujeres, para ser bien vistas, debían casarse y dedicarse a las ocupaciones del hogar…

¡Casarse era una obligación moral para nosotras! ¿Y si no queríamos?

Vivíamos con mi padre y mi hermano Patrick, ya que nuestra madre murió cuando éramos niñas. Fue un período marcado por las guerras que sucedieron con el imperio napoleónico. Éramos solteras y pobres, no teníamos dote que ofrecer para conseguir un marido, aunque a nosotras el matrimonio no nos interesaba. Todo lo contrario, éramos apasionadas de la lectura y escribíamos a todas horas. Teníamos una gran biblioteca y nos formamos con las clases que nos impartía nuestro padre, leyendo miles de libros y periódicos. También tra– bajamos como institutrices. Quisimos dedicarnos a la literatura, aunque este ámbito estaba limitado para las mujeres.

 «No soy un pájaro, y ninguna red me atrapa. Soy un ser humano libre con un espíritu independiente.»

En 1846 autopublicamos conjuntamente con seudónimos mas– culinos los Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell. Tuvieron buena crítica, aunque sólo vendimos dos ejemplares. Al año siguiente publicamos tres novelas por separado utilizando los mismos seudónimos. Rompimos con los estereotipos y líneas de la literatura victoriana, al presentar personajes femeninos rebeldes contra las normas sociales establecidas.

• Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
• Agnes Grey, de Anne Brontë.
• Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.

Dos años más tarde Branwell, Emily y Anne fallecieron por tuberculosis. Charlotte, continuó escribiendo, pero a los treinta y siete años decídió casarse y, tras un embarazo complicado, murió de la msima enfermedad que sus hermanas.

 

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MARY ANN EVANS (1819-1880)

Me convertí en la novelista, poetisa y periodista más conocida como George Eliot, ya que me escondí bajo este seudónimo para poder publicar mis novelas.

Nací en Londres en la época victoriana del siglo XIX (1837-1901), bajo el imperio de la reina Victoria en Gran Bretaña, caracterizado por un sistema con marcadas difererencias sociales. Las mujeres de clase media solo podían aspirar al matrimonio y a las labores domésticas, pues bajo el control del marido, estaban obligadas a obedecer. El divorcio estaba mal visto. No podían acceder a la educación superior. Tan solo podían aspirar a ir a una universidad específica para maestras a partir de 1848.

El trabajo fuera del hogar estaba destinado a las mujeres pobres, que se dedicaban a la agricultura o a trabajar en las industrias en condiciones infrahumanas. Me educaron en la religión evangélica y estudié en diferentes instituciones, algo excepcional para el género femenino. Con los años, me rebelé contra la moral religiosa y rechacé los convencionalismos sociales, por lo que mi padre me echó de casa.

 

«El principio más fuerte de crecimiento humano radica en la elección.»

Comencé mi carrera literaria publicando artículos en un periódico y, más tarde, conseguí trabajo como subdirectora en la revista Westminster Review. Gracias a ello pude relacionarme con un grupo de intelectuales progresistas del ámbito literario y cultural de Londres, entre ellos John Stuart Mill o Herbert Spencer. Me apasionaba la poesía; mis poemas rompían con todas las normas y roles femeninos del momento. Adam Bede fue mi primera novela, de gran éxito, a la que siguieron seis más. Middelmarch (1872) fue considerada la mejor novela escrita en inglés.

 

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JANE AUSTEN (1775-1817)

Nací en Steventon (Inglaterra) a finales del siglo XVIII, en la época giorgiana, cuando el rey George III cedió el trono a su hijo George IV. Este período de transición entre las épocas georgiana y victoriana, es conocido como la Regencia.

La Revolución Industrial originó divisiones de clases. Mi familia pertenecía a la burguesía agraria. Tenía siete hermanos, y mi padre, reverendo del pueblo, se encargó de nuestra educación; diariamente podía acceder a su gran biblioteca y leer a reconocidos autores como Shakespeare o Hume.

En mis tiempos, el papel de la mujer se limitaba al ámbito doméstico, y muy pocas tenían acceso a la educación. Para ser escritora había que publicar de forma anónima, por ello en las portadas de mis obras nunca aparecía mi nombre.

 

«Todos los libros hablan de que las mujeres son inestables, claro, todos los escriben los hombres.»

Entre mis novelas destacan: Orgullo y prejuicio (1813), Mansfield Park (1814) y Emma (1816). En ellas reflejo la sociedad inglesa de mi época, con toques de ironía, humor, parodia y cinismo. Mis protagonistas son mujeres a las que no les interesa aprender las típicas habilidades enfocadas a la vida matrimonial. En mis escritos utilizaba un lenguaje original e innovador que revolucionó la novela inglesa.

Aunque mis novelas finalizan con amores felices, yo nunca llegué a encontrar un amor con quien compartir mi vida o casarme. Fallecí con cuarenta y un años a causa de una infección. Tras mi muerte, en 1818 editaron dos de mis obras: La abadía de Northanger y Persuasión.

 

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AURORE DUPIN (1804-1876)

Más coocida como George Sand, fui una rebelde escritora del siglo XIX. Nací en París (Francia), en una época caracterizada por la lucha de las mujeres para acceder al voto y a la educación. Aún faltaba más de un siglo, para que en 1920 se reconociera el derecho al sufragio… ¡no viví tanto para poder beneficiarme de ello!

En mis primeros años me educó mi abuela y después, continué mis estudios en un con- vento. Me casé a los dieciocho años con el barón Casimir Dudevant, con quien tuve dos hijos. Mi matrimonio fue un fracaso y quise divorciarme, aunque tardé unos años… ¡lo conseguí!

Tuve multitud de relaciones amorosas. Entre mis obras, que defienden el amor libre frente al matrimonio convencional, destaca Indiana (1832), la primera novela que firmé con el seudónimo masculino George Sand; fue mi sello de identidad en toda mi producción. Es- cribí muchas otras novelas exitosas, como Lélia (1833), El compañero de Francia (1840), Consuelo (1842-43) o Los maestros soñadores (1853).

Viví la Revolución francesa de 1848, defendiendo con mis escritos las ideas republicanas por los derechos del pueblo.

 «Mi profesión es ser libre.»

Llegué a participar en el Comité Central defendiendo la República y loa justicia para la mujer. En Norteamérica tuvo lugar la Declaración de Seneca Falls, el primer programa político feminista que promulgaba la igualdad para las mujeres en educación, voto, derechos civiles y religiosos.

Mis obras recogen experiencias de mujeres que lucharon durante años, con manifestaciones, gritando por la justicia y la igualdad; por ello eran humilladas y pisoteadas. A pesar de mi rebeldía, fui reconocida y respetada por muchos escritores. Pero también muy criticada por otros, por el hecho de ser mujer y relacionarme en círculos de artistas e intelectuales, en los que solo asistían hombres.

Al igual que hacían ellos, a mi me gustaba vestir prendas masculinas y fumar puros, algo escandaloso en mi sociedad. Eran conductas contra los códigos sociales, especialmente de las clases altas, por lo que llegué a perder parte de los privilegios que había obtenido al convertirme en baronesa.

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