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CARMEN DE BURGOS

(1867-1932)

Nací en Rodalquilar (Almería) a finales del siglo XIX, en una familia de buen nivel socieconómico. Tuve la suerte de recibir una educación similar a la de mis hermanos. Con dieciséis años me casé con un periodista, Arturo Álvarez Bustos, que convirtió mi matrimonio en un calvario debido a los malos tratos que sufrí y a la pérdida de tres de mis hijos. En mi época, el divorcio no estaba permitido legalmente, así que tuve que huir con mi hija a Madrid.

Estudié Magisterio hasta titularme y en 1901 conseguí plaza por oposición en la Escuela Normal de Guadalajara. Pero como mi gran pasión era la escritura, me dediqué a colaborar con los periódicos elaborando artículos bajo el seudónimo de “Colombine” y “Perico el de los Palotes”. Así fue como inicié mi trayectoria como periodista. ¡Y llegué a ejercer como corresponsal de guerra en Marruecos! También trabajé como profesora de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. 

«La mujer no puede continuar siendo una masa inerte al lado de la actividad social masculina»

Fui una feminista republicana que luché por los derechos de las mujeres y de los niños, reclamando aspectos tan fundamentales como una ley de divorcio y el voto femenino. En 1920 organicé una manifestación sufragista, la Cruzada de las Mujeres Españolas, y llegué a presidir la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas.Participé como activista en el Partido Republicano Radical Socialista proclamando mis ideas en mitines y conferencias. Tras la llegada de la II República (1932), solo un año antes de que en España se reconociera el derecho al sufragio, fallecí por un ataque cardíaco, con sesenta y cuatro años. Mi extensa producción abarca novelas, cuentos, ensayos y relatos, escritos que fueron prohibidos durante el franquismo, ya que fui una autora de la lista negra del régimen. Entre mis obras reivindicativas destacan El divorcio en España, (1904), La mujer moderna y sus derechos (1927).

 

Colección el duende Pepín

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CARMEN BAROJA (1883-1950)

Fui una escritora y etnóloga siempre conocida como la hermana de los famosos artistas Ricardo y Pío Baroja. Al igual que ellos, tenía inquietudes literarias, pero yo debía conformarme con la costura y la cocina…¡qué aburrimiento! Al menos, tuve la suerte de estudiar y recibir clase de música e idiomas. Nací en Pamplona a finales del siglo XIX en una familia burguesa. Pasé mi infancia viajando, por el trabajo itinerante de mi padre, hasta instalarme en Madrid. Me dediqué a la orfebrería artesanal, compartiendo un taller con mi hermano Ricardo. Se me daba bien, incluso llegué a conseguir algunas medallas por mis creaciones decorativas en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908. También me formé en etnografía y folclore.

Escribí artículos, catálogos y ensayos sobre estas temáticas como El encaje en España (1933) y Joyas populares y amuletos (1949). En 1906 viajé con mi hermano Pío a París, donde me nutrí de los ambientes más intelectuales y artísticos del momento. Yo lo que deseaba era independizarme con un oficio que no me atara a la subordinación de un marido pero, en mis tiempos, la presión de las mujeres hacia el matrimonio y la vida doméstica era tremenda. En 1913 me casé con Rafael Caro Raggio, un editor con el que tuve cuatro hijos. Mi obligación fue atender al hogar: fregar platos, cocinar y cuidar de mi familia.

 «No tuve derecho más que a hacer mis labores domésticas y llevar la carga de muchísimas cosas»

En 1926 vi un escape a mi monótona vida de casada, cuando participé en la fundación del Lyceum Club, junto a la directora Maria Maeztu. Con mi cuñada Carmen Monné, fui hasta Londres para aprender cómo organizarlo, pues allí las Asociaciones de Mujeres y las ideas progresistas estaban muy adelantadas. Además, participé en la creación de la compañía de teatro El Mirlo Blanco, que acogía las representaciones de los más detacados dramaturgos. En 1934 fui nombrada miembro del Patronato del Pueblo Español, dedicándome a la investigación etnológica. Con la Guerra Civil, mi casa quedo destruida, y me refugié con mi familia en un pueblo de Navarra. Fue cuando escribí el cuento infantil que trata de un duende protector: Martinito, el de la Casa Grande (1942). Tras la contienda volví a trabajar en Madrid, en el Museo del Pueblo Español y como profesora de encaje en la Escuela de Artes y Oficios. Colaboré con el diario La Nación de Buenos Aires y continué el resto de mi vida escribiendo. Destacan algunas adaptaciones de las obras de Pío, como Las noches del Buen Retiro.

 

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MARÍA LEJÁRRAGA (1874-1974)

Hoy me rememoran como una pionera en la literatura española de la Edad de Plata, aunque en mis tiempos mi reconocimiento fue nulo. Nací en Logroño (La Rioja), en una familia de buen nivel socieconónomico. Estudié magisterio y empecé a trabajar como maestra en la Escuela Modelo de Madrid. Quise compaginar mi oficio con mi vocación por la literatura, pero en mi época estaba muy mal visto que las mujeres escribieran y más si eras docente. Mi oportunidad llegó cuando conocí al que fue mi marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. Colaboré con él hasta el punto de esconder mi autoría bajo su firma.

Escribí teatro, novelas, ensayos, artículos… Las obras que yo producía se representaban con gran éxito en los teatros. Entre ellas, destacan Canción de cuna (1911), Las golondrinas (1914), El amor brujo (1915), Mujer (1924) o Triángulo (1929). También escribí temáticas feministas: Cartas a las mujeres de España (1916), Feminismo, feminidad, españolismo (1917) o La mujer moderna (1920). Fui una gran activista, defensora de la igualdad y trabajé como secretaria de la Alianza Internacional del Sufragio de la Mujer (IWSA). Formé parte del Lyceum Club y fundé la Asociación Femenina de Educación Cívica para fomentar la educación de las mujeres. 

 «Una mujer que no fuese feminista sería un absurdo tan grande como un rey que no fuese monárquico.»

Durante la II Repúblca, participé en la lucha por conseguir el derecho al voto femenino reconocido en 1933, y me eligieron diputada en Granada con el partido socialista. Trabajé en las Cortes luchando por la igualdad de oportunidades y de salario.Con la Guerra Civil tuve que exiliarme a Francia. Allí tuve que ocultar mi identidad ,ya que fui perseguida por mi ideología política. Mientras mi marido triunfaba con mis guiones en Hollywood. Cuando en 1947 muere mi marido, desvelé la autoría de mis obras con la publicación Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración (1953), por lo cual me criticaron duramente. En 1950 viajé a Estados Unidos para contactar con productoras de cine. Envíe a Walt Disney el cuento infantil Merlín y Viviana, que fue rechazado. Contaba la historia de amor entre una gata aristócrata y un perro callejero. El caso es que tiempo después se estreno la película La dama y el vagabundo, con un argumento muy similiar… Fue en Buenos Aires (Argentina) donde me instalé definitivamente hasta que fallecí con noventa y nueve años.

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MARCELA DEL CARPIO (1605-1687)

Fui una monja, poeta y dramaturga conocida como Sor Marcela de San Félix. Nací en Toledo en el siglo XVII (Siglo de Oro), caracterizado por un gran desarrollo de las artes y de una literatura liderada por los hombres, en una sociedad misógena donde el destino de las mujeres seguía sometido al matrimonio y a la maternidad.

Mi relación con el mundo del teatro marcó mi infancia, ya que fui hija ilegítima del famoso dramaturgo Lope De Vega, fruto de una relación extramatrimonial con mi madre, la actriz Micaela Luján. Con dieciséis años ingresé en el convento de Las Trinitarias Descalzas de Madrid. Era una de las formas de tener un poco de acceso al mundo cultural. Allí me apliqué en varias tareas monacales: gallinera, refitolera, provisora, maestra de novicias… Pero también pude dedicarme a lo que más me gustaba: la poesía mística y la composición de divertidas obras teatrales que representaba para mis hermanas. También escribí multitud de romances, seguidillas, liras, endechas y villancicos con temáticas religiosas.

 

«Pues no puedo callar ni hablar tampoco puedo, entre callar y hablar desahogarme intento.»

En mis tiempos, las biografías y producciones literarias de las monjas eran controladas por superiores. Fue mi confesor espiritual quien me “aconsejó” quemar mis creaciones, ya que no era prudente que las mujeres escribieran para no caer en tentaciones mundanas. Además, los primeros años de mi biografía resultaban escandolosos e impropios de una vida cristiana, no eran “dignos” de perdurar en el tiempo… Nuestras virtudes debían ser la obediencia y el silencio. Uno de mis cuadernos quedó oculto, protegido de las llamas. Por ello se conservan veintidós romances, dos seguidillas, ocho loas, una endecha, una lira, un villancico y seis obras teatrales conocidas como Coloquios Espirituales.

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BEATRIZ BERNAL (1504-1584)

Nací en Valladolid a principios del siglo XVI, en una sociedad estratificada del Antiguo Régimen, basada en la monarquía absoluta de los reyes Carlos I y Felipe II. Me casé y enviudé dos veces. De mi segundo matrimonio tuve una hija: Juana de Gatos. Viví de forma acomodada gracias las herencias de mis maridos y mi pertenencia a una élite intelectual. En mi época, las novelas de caballería estaban en auge, caracterizadas por mostrar a héroes valientes en busca de hazañas que enamoraban a sus delicadas damas.

Aunque los escritores eran ellos, ya que se consideraba que las mujeres no teníamos la inteligencia suficiente para crear, yo me atreví a escribir una de estas novelas: Las trepidantes peripecias de Cristalián de España (1945), ¡y causó un gran éxito! En mi novela, las protagonistas son activas; guerreras como Minerva, una mujer valiente en busca de aventuras, e independientes como Membrina, que no buscan un matrimonio como destino.

 

«por ser tan sabia nunca se quiso casar.»

Publiqué mi obra de forma anónima para evitar el rechazo social, pues este género literario estaba enfocado exclusivamente a lo masculino. Por ello, la portada está firmada “por una señora natural de la noble y más leal villa de Valladolid”. No fue hasta 1586, tras mi fallecimiento, que se reconoció mi autoría, cuando mi hija Juana pidió permiso para su reimpresión.

 

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MARÍA MOLINER (1900-1981)

Fui una bibliotecaria y archivera nacida en Zaragoza, a principios del siglo XX. Tuve la suerte de estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, y con dieciocho años terminé el bachillerato en el Instituto General.

Colaboré como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, aunque no pude obtener titulación oficial en estas disciplinas, pues no se impartían en la universidad. En 1921 me licencié en Historia, tras cursar la Licenciatura de Filosofía y Letras en la facultad de Zaragoza.

Un año después, oposité y conseguí mi plaza en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con destino al Archivo de Simancas (Valladolid). Continué mi trabajo en Murcia, donde conocí al catedrático Fernando Ramón Ferrando, con quien me casé y tuve cuatro hijos.

En 1924 fui la primera mujer en impartir clases en la Universidad de Murcia. Con mi esposo me trasladé a Valencia, donde obtuve cargos de gran prestigio. Fue la época de la proclamación de la II República, cuando la democracia sustituyó a la monarquía de Alfonso XIII.

Enseñé Literatura y Gramática, llegando a dirigir la biblioteca universitaria de Valencia. Colaboré con el Patronato de Misiones Pedagógicas, un proyecto republicano para extender la cultura, desarrollando una extensa red de bibliotecas rurales.

«si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: “¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!”

Escribí unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas (1937) y un Proyecto de Bases para la Organización de las Bibliotecas del Estado (1939).

Tras la Guerra Civil, con la derrota de la República sufrí represalias por mi ideología liberal y tuve que volver a trabajar en el archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 dirigí la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid hasta jubilarme en 1970.

Durante quince años estuve trabajando en un apasionante proyecto: la elaboración de mi Diccionario de uso del español (publicado entre 1966 y 1967). Era innovador, en cuanto aportó diferencias con el de la Real Academia Española, por su utilidad pedagógica del idioma. En 1972 se propuso mi candidatura para ingresar en la Real Academia Española, pèro fui rechazada.

El argumento fue que no disponía de una titulación oficial de filología. Y es que una mujer… ¿cómo iba a ser admitida en tal institución… ?

 

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