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KATHERINE MANSFIELD

(1888 – 1923)

Me llamo Kathleen Mansfield Beauchamp, aunque el mundo de las letras me conoció como Katherine Mansfield. Nací en Wellington, Nueva Zelanda, en el seno de una familia colonial de clase alta (mi padre era un banquero influyente y llegó a ser caballero del Imperio), pero a los 19 años decidí trasladarme a Londres para buscar mi propio destino como escritora.

En mis tiempos, la literatura estaba cambiando y yo me convertí en una de las pioneras delmodernismo, transformando para siempre el género del relato corto. A diferencia de otros autores, no me interesaban las grandes batallas, sino los eventos triviales y los cambios sutiles en el comportamiento humano. Mi escritura siempre estuvo teñida de una profunda conciencia femenina, retratando la división entre la experiencia de vida de hombres y mujeres.

Tuve una relación compleja, de rivalidad y profunda amistad, con Virginia Woolf. A menudo nos sentíamos «extranjeras» la una para la otra, pero ambas compartíamos la misión de desafiar el ideal victoriano del «Ángel del hogar», esa figura sumisa y sacrificada que la sociedad esperaba que fuéramos. A través de mis historias, como Preludio (1918), Felicidad (1920) o Fiesta en el jardín (1922), exploré cómo las mujeres estábamos confinadas en el hogar y cómo buscábamos la libertad espiritual incluso en los espacios más pequeños, como un jardín.

«He sido una leona salvaje; me he negado a ser domesticada por la vida.»

Mi vida fue intensa pero breve. Fui una mujer rebelde, bohemia y cuestioné las injusticias de género de mi época. Lamentablemente, me diagnosticaron tuberculosis en 1917 y fallecí a los 34 años, dejando mis cuadernos y cartas como testimonio de mi lucha por ser una artista independiente. Hoy, mi legado es tan valioso que mis documentos forman parte del Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

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Mono Coco pierde el chupete: cuento infantil para dejar el chupete

Mono Coco pierde el chupete: cuento infantil para dejar el chupete

MONO COCO PIERDE EL CHUPETE

Un cuento para dejar el chupete 

Mono Coco ya es mayor

¡CHIN, CHIN, PAM! ¡CHIN, CHIN, POM!

Va soltando su chupete

¡y aprende en un periquete!

Para que dejar el chupete no sea un drama, Raquel Díez, psicopedagoga y maestra de infantil, acompaña a los más peques en esta aventura de hacerse mayores.

Texto: Raquel Díez      

Ilustración: Tamara Durán

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MARIA ANNA MOZART (1751-1829)

Fui una música del siglo XVIII, nacida en Salzburgo (Alemania). Mi hermano menor fue el famoso compositor Wolfang Amadeus Mozart. No fui al colegio, pero mi padre me enseño música y otras asignaturas. Aprendí a tocar instrumentos y a los siete años ya dominaba la clave, el piano ¡y el violín que tanto me encantaba…! Una lástima que de cara a la sociedad el violín estaba reservado para el género masculino… Además, también cantaba y escribía composiciones musicales. ¡Era una artista prodigiosa! Mi hermano Amadeus se sentaba a mi lado y yo le enseñaba todo lo que sabía… ¡con 3 años ya tocaba el piano! Teníamos tanto talento que mi padre quiso mostrarlo al mundo. Así que viajamos en coche de caballos por muchas ciudades de Europa: Viena, París, Londres…, y actuábamos con gran éxito en teatros y palacios.

Las normas para la mujer eran injustas… En mi época las mujeres debíamos casarnos y dedicarnos a las tareas de casa. No podíamos ganar dinero con la música. Solo los hombres tenían derecho… Por eso, al cumplir los dieciocho años tuve que abandonar mi sueño de ser música. 

Mientras Amadeus triunfaba en Italia, yo me quedaba en casa con mi madre. Componía tan bien, que hasta corregía las obras de mi hermano por petición suya.

También tuve que renunciar al amor verdadero… Me enamoré de un hombre pobre, por lo que mi padre no lo aceptó. Tuve que casarme con un señor millonario elegido por él. Me fui a vivir a Gilgen, una villa de Austria, y tuve tres hijos. Yo amaba tanto la música que cuando mi marido murió, regresé a Salzburgo para trabajar como profesora de piano. En la vejez me quedé ciega, pero nunca dejé mi profesión, hasta que fallecí con setenta y ocho años.

«No saben ustedes lo que significa tener talento y no poder expresarlo…»

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ANNIE JUMP CANNON (1863-1941)

Nací en Dover, Delaware (Estados Unidos). Desde niña me gustaba observar el cielo y las constelaciones de estrellas. Mi madre me inculcó la pasión por la astronomía. Estudié Matemáticas en una de las pocas instituciones educativas femeninas, el Wellesley Colegge y en el Radcliffe College. ¡Y conseguí graduarme en Física!

En 1892 me dediqué a viajar por Europa y como me gustaba tanto la fotografía, llegué a crear un inmenso catálogo estelar, que incluía constelaciones y un eclipse solar. Trabajé como profesora de Física y continué estudiando astronomía en el Radcliffe College.

En 1896 comencé a formar parte del Observatorio de Harvard, en el grupo de las llamadas “Pickering’s Women”, mujeres asistentes del astrónomo Edward C. Pickering, que nos dedicábamos a observar y medir estrellas para completar el catálogo del prestigioso Henry Draper. Desarrollé todo un sistema un sistema mnemotécnico de clasificación de estrellas.

 

 

«Una vida basada en la rutina de la ciencia no necesita destruir el atractivo elemento humano de la naturaleza de una mujer.»

En 1901 publiqué un inmenso catálogo estelar, que incluía constelaciones y un eclipse solar. Defendí el importante papel de las mujeres en la ciencia, reivindicando el valor de trabajo de mis compañeras del observatorio y la injusticia de las críticas sociales que recibíamos las astrónomas por el hecho de ser mujeres y dedicarnos a este ámbito dominado por hombres.

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MARIA WINKELMANN (1670-1720)

Nací en Leipzig (Alemania), en una familia que apostó por mi educación, algo inusual para una niña del siglo XVII. Yo no tuve la oportunidad de acceder a la universidad ya que, en mi época, a las mujeres no se nos permitía cursar estudios superiores. Pero mi interés por la ciencia no me detuvo y comencé mi aventura aprendiendo como ayudante del astrónomo Christopher Arnold.

Más adelante, conocí al famoso Gottfried Kirch, una eminencia en la astronomía, con quien me casé 1692. Trabajé codo a codo con él, colaborando en todos sus proyectos.

En el año 1700 nos fuimos a Berlín; él consiguió un reconocido puesto en la Academia de las Ciencias, pero yo no puede obtener ningún cargo oficial, pues las mujeres no teníamos estudios superiores en el ámbito científico.

Tuve que conformarme con ser la “ayudante” de mi marido, en la teoría, porque en la práctica ambos nos dedicábamos a indagar por largas horas en el observatorio…

Fue durante una noche cuando descubrí algo maravilloso: ¡un cometa!, el llamado C/1702. Cuando mi marido comprobó mi hallazgo, se avergonzó de que no hubiera sido él quien lo descubriera, por lo que se atribuyó mi mérito frente a la comunidad científica. No fue hasta poco antes de su muerte que desveló la verdad, incluso me animó a pedir mi reconocimiento como astrónoma y un puesto en el observatorio. A pesar de ser la primera mujer en la historia en descubrir un cometa y de haber publicado valiosas investigaciones, no aceptaron mi reconocimiento como astrónoma. Continué el resto de mi vida observando e indagando, junto a mi hijo y a mis dos hijas, a quienes pude transmitirles mi vocación por la astronomía.

«Unos días antes observé una estrella variable, y mi mujer quiso buscarla y observarla por ella misma. Al hacerlo encontró un cometa en el cielo. Al momento ella me despertó y vi que efectivamente se trataba de un cometa… Me sorprendió que yo no lo hubiera visto la noche anterior.»

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HENRIETTA LEAVITT (1868-1921)

Fui una astrónoma estadounidense del siglo XIX, nacida en Lancaster, Massachusetts. Estudié astronomía en la Universidad de Harvard y, tras graduarme, me incorporé como voluntaria al observatorio de la Universidad. Éramos un grupo de mujeres (las calculadoras de Harvar) que nos dedicábamos a observar un amplio catálogo de placas fotográficas de estrellas, bajo la supervisión de Edward Pickering.

Pasaba muchas horas en el laboratorio, observando cientos de fotos y valorando si variaban el tamaño de las estrellas, midiendo constantemente. Investigué las estrellas Cefeidas en las Nubes de Magallanes, y descubrí que las estrellas más luminosas tardaban más en cambiar de tamaño, “las variables más brillantes tienen periodos más largos”, lo que permitía medir distancias en el espacio.

«existe una relación simple entre el brillo de las variables y sus períodos»

Mis hallazgos sirvieron a prestigiosos astrónomos para calcular el tamaño de la Via Láctea y demostrar la existencia de más galaxias. A pesar de ello, nunca tuve reconocimiento de la comunidad científica, ni mi nombre apareció en ninguna publicación. De hecho, fue el director del observatorio, Harlow Shapley quien se llevó todo el mérito. Fallecí con cincuenta y tres años enferma de cáncer.

Cuatro años después, un matemático propuso nominarme al Premio Nobel, pero no fue posible porque tal reconocimiento no se podía conceder a título póstumo.

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