jacqueline-felice

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JACQUELINE FELICE DE ALMANIA

(1280 – Siglo XIV)

Aunque mi apellido evoca tierras lejanas, nací en la ciudad de Florencia, en Italia, en el seno de una prominente familia de origen judío. Viví y ejercí en el París del siglo XIV, una ciudad vibrante pero cerrada a las mujeres en el saber oficial. Aunque pertenecía a la nobleza y me llamaban «Domina» o «Nobilis mulier», mi verdadera vocación no fue el protocolo, sino el arte de curar.

En mis tiempos, la medicina se volvía un monopolio de los hombres en las universidades. Aprendí mi oficio de forma empírica, observando el pulso, examinando la orina y palpando los cuerpos con el rigor que ellos decían poseer, pero que yo aplicaba con éxito real. Atendía a todos por igual: desde gentes humildes hasta figuras de la iglesia, como fray Odo de Cormessay, un hermano del hospital que sanó bajo mis cuidados cuando los grandes maestros lo daban por perdido. Mi política era clara: si no lograba curar, no pedía pago alguno.
Mi mayor fortaleza era defender la decencia de las mujeres. Sostenía que era preferible que una experta conocedora de los «secretos de la naturaleza femenina» examinara a una mujer antes que un médico varón, por cuya vergüenza muchas preferían morir antes que ser reconocidas. Lamentablemente, mi éxito despertó la envidia de los médicos de la Facultad de Medicina. En 1322, me llevaron a juicio acusándome de practicar la medicina de forma «ilícita» e «ignorante» solo porque no tenía un título universitario que ellos mismos me impedían obtener.

«Es mejor y más honesto que una mujer experta visite a una mujer enferma a que esto lo haga un hombre, a quien no le está permitido ver las partes recónditas de esta».

Presenté a ocho testigos —pacientes que juraron haber recobrado la salud gracias a mí—, pero los jueces decretaron que un hombre, por su género, siempre entendería la medicina mejor que una mujer. Me prohibieron seguir ejerciendo bajo pena de excomunión y me impusieron una pesada multa. Intentaron borrar mi autoridad para proteger su monopolio profesional, pero mi historia permanece como prueba del largo camino de las mujeres en la ciencia.

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MARGARET-ANNE-BULKLEY

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MARGARET ANNE BULKLEY

(1789 – 1865)

Me llamo Margaret Anne Bulkley. Nací en 1789, en Cork, Irlanda, en una época en la que el mundo dictaba que mi único camino era ser madre o institutriz. Sin embargo, mi mente era inquieta y ambiciosa, y mi deseo de sanar era más fuerte que cualquier ley social.

En mis tiempos, las mujeres teníamos prohibido el acceso a las facultades de medicina en Gran Bretaña. Ante la pobreza y la falta de opciones, tomé una decisión radical en 1809: asumí la identidad de mi difunto tío y me convertí en James Barry. Con ropa de hombre y suelas elevadas para ganar estatura, partí hacia Edimburgo para estudiar lo que amaba.

Logré licenciarme como médico en 1812, siendo la primera mujer en obtener tal grado en el Reino Unido, aunque nadie lo sospechaba. Serví en el ejército británico durante casi medio siglo, desde Sudáfrica hasta Canadá. Mi mayor orgullo clínico ocurrió en 1826, en Ciudad del Cabo, donde realicé la primera cesárea documentada del imperio en la que sobrevivieron tanto la madre como el hijo. Mi obsesión por la higiene y el trato humano a prisioneros y esclavizados salvó miles de vidas, a menudo enfrentándome violentamente a la burocracia militar.

«Mi destino era el escalpelo,
no los bordados».

Mantuve mi secreto durante cincuenta y seis años, alcanzando el rango de inspector general de hospitales, un honor equivalente al de general. Solo tras mi fallecimiento por disentería en 1865, la mujer que preparaba mi cuerpo reveló la verdad: el gran cirujano militar era una mujer. El ejército, avergonzado por el «engaño», impuso un embargo sobre mis expedientes durante un siglo, intentando borrar mi memoria de los libros de historia.

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KATHARINE-WRIGHT

KATHARINE-WRIGHT

KATHARINE WRIGHT (1874 – 1929)

Nací en Dayton, Ohio. Aunque la historia suele recordar solo a mis hermanos Wilbur y Orville como los «padres de la aviación», yo fui la pieza invisible que mantuvo su sueño en el aire. En mis tiempos, el destino de una mujer estaba marcado por el cuidado de los demás. A los quince años, tras la muerte de mi madre, tuve que asumir la gestión total de nuestro hogar mientras mi padre viajaba por su trabajo en la iglesia. Sin embargo, yo ansiaba una vida propia.

Fui la única de los cinco hermanos que obtuvo un título universitario, graduándome en el progresista Oberlin College en 1898. Me convertí en profesora de latín y griego, pero mi destino estaba unido al genio de mis hermanos. Mientras ellos experimentaban en Kitty Hawk, yo dirigía su negocio de bicicletas, pagaba las facturas y gestionaba su correspondencia científica. Wilbur y Orville eran brillantes mecánicos, pero extremadamente tímidos y socialmente torpes. Yo aporté el «pegamento social» que necesitaban para triunfar.

En 1908, cuando Orville sufrió un terrible accidente que casi le cuesta la vida, dejé mi trabajo para cuidarlo día y noche; los médicos dijeron que sin mi atención no habría sobrevivido. En 1909, los acompañé a Europa. Allí me convertí en una celebridad internacional. Mientras ellos volaban, yo «cortejaba» a reyes y dignatarios, aprendí francés para negociar por ellos y me convertí en directora ejecutiva de facto de la Wright Company. Los tres fuimos galardonados con la Legión de Honor en Francia, siendo yo una de las pocas mujeres estadounidenses en recibirla. Incluso me atreveí a subir al cielo, convirtiéndome en una de las primeras mujeres de la historia en volar en un aeroplano.

«Si el mundo piensa que solo mis hermanos tenían el espíritu para volar, es porque no han visto la fuerza con la que yo sostuve sus pies sobre la tierra para que pudieran despegar.»

Pero no solo luché por la aviación. Fui una activa sufragista, organizando marchas de más de mil trescientas personas en Dayton para defender el derecho al voto femenino. Al final de mi vida, tras años de ser la «madre sustituta» de mis hermanos, decidí casarme con mi viejo amigo Henry Haskell. Orville, sintiéndose traicionado por mi deseo de independencia, dejó de hablarme y solo regresó a mi lado días antes de que la neumonía me arrebatara la vida en 1929.

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amelia-earhart

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AMELIA MARY EARHART

(1897 – 1937)

Nací en Atchison, Kansas, en el seno de una familia donde mi abuelo era un destacado juez. Desde niña fui inquieta y audaz: me gustaba trepar árboles, deslizarme en trineo y coleccionar recortes de periódicos sobre mujeres que sobresalían en actividades tradicionalmente masculinas.

En mis tiempos, la aviación era un mundo de hombres, pero mi vida cambió tras servir como ayudante de enfermería en la Primera Guerra Mundial, donde quedé fascinada por las historias de los pilotos heridos. En 1920, realicé mi primer vuelo sobre Los Ángeles y supe de inmediato que tenía que que mi destino era volar. Con esfuerzo, logré comprar mi primer aeroplano, al que llamé «el Canario», y obtuve mi licencia de piloto en 1923, siendo la decimosexta mujer en el mundo en recibirla.

Mi fama despegó en 1928 cuando me convertí en la primera mujer en cruzar el Atlántico como pasajera, lo que me valió el apodo de «Lady Lindy» por mi parecido con Charles Lindbergh. Sin embargo, yo quería demostrar que las mujeres no éramos solo «equipaje», así que en 1932 cumplí mi sueño de ser la primera mujer en cruzar el Atlántico en un vuelo solitario sin escalas. Por esta hazaña, recibí la Cruz de Vuelo Distinguido. Pero no solo me importaba volar; luché incansablemente por la igualdad de derechos. Fui fundadora y primera presidenta de The Ninety-Nines, una organización de mujeres pilotos, y trabajé en la Universidad de Purdue como consejera de carreras para mujeres estudiantes, impulsando su presencia en la ingeniería. También fui miembro activo del National Woman’s Party y defensora de la Enmienda de Igualdad de Derechos.

«Las mujeres deben intentar hacer las cosas tal como los hombres las han intentado. Cuando fallen, su fracaso no debe ser sino un reto para las demás.»

En 1937, inicié mi mayor reto: dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador en mi Lockheed Electra 10E. Lamentablemente, mi navegante Fred Noonan y yo desaparecimos sobre el océano Pacífico cerca de la isla Howland el 2 de julio de 1937. Fui declarada muerta en 1939, pero mi legado sigue volando alto para todas aquellas mujeres que se atreven a desafiar los límites de la tierra y el cielo.

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AUGUSTA ADA BYRON (1815 – 1852)

Me llamo Augusta Ada Byron, aunque el mundo me recuerda como Ada Lovelace. Nací en Londres en el seno de una familia noble. Fui la única hija legítima del famoso poeta Lord Byron y de la matemática Annabella Milbanke. Mi madre, a quien mi padre llamaba la «princesa de los paralelogramos», se aseguró de que recibiera una estricta educación científica y matemática para alejarme del temperamento tormentoso de mi progenitor.

En mis tiempos, la sociedad era profundamente patriarcal; las mujeres éramos consideradas meras observadoras y se nos negaba el acceso a universidades y bibliotecas. Tuve la suerte de contar con el apoyo de mi marido, William King, quien copiaba artículos para mí en las bibliotecas donde yo tenía prohibida la entrada.

Gracias a mi talento, fui instruida por mentes brillantes como Mary Somerville y el lógico Augustus De Morgan. A los diecisiete años conocí a Charles Babbage y quedé fascinada por sus ideas sobre máquinas de calcular. Mi gran contribución a la humanidad ocurrió en 1843, cuando traduje un artículo sobre la Máquina Analítica de Babbage y le añadí mis propias «Notas», que resultaron ser tres veces más largas que el texto original. En mi famosa «Nota G», describí un algoritmo paso a paso para calcular los números de Bernoulli, lo que me convirtió en la primera programadora de computadoras de la historia.

«Mi cerebro es algo más que meramente mortal, y el tiempo lo demostrará.»

A diferencia de mis contemporáneos, tuve una visión que anticipó el futuro por cien años: comprendí que estas máquinas no solo servirían para números, sino que podrían procesar música, letras e imágenes. Afirmé que la máquina solo puede hacer aquello que sepamos ordenarle, una idea que años después el gran Alan Turing discutiría. Fallecí muy joven, a los treinta y seis años, pero hoy mi nombre vive en el lenguaje de programación Ada y en
el corazón de la ciencia moderna.

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CECILIA BÖHL DE FABER

(1796 – 1877)

Me llamo Cecilia Böhl de Faber y Larrea, aunque el mundo entero me conoció bajo el seudónimo masculino de Fernán Caballero. Nací en Suiza y crecí entre Alemania y España, en el seno de una familia culta; mi padre era un cónsul alemán que amaba la literatura española y mi madre una apasionada escritora gaditana.

En mis tiempos, la vida de una mujer debía ser «oscura y secreta». Yo creía firmemente que a una señora le adornaba más la aguja que la pluma, y por eso oculté mi identidad durante años. Me daba pavor la publicidad; sentía que mostrar mis pensamientos íntimos al público era una profanación. Para evitar la «vergüenza pública», troqué mis faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero, nombre de un pueblo manchego que me gustaba por su sabor antiguo.

«Se me ha juzgado como a un hombre, se me ha exigido como a una mujer, y al final se me ha negado la identidad de ambos.»

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