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MARY WINSTON (1921 – 2005),

DOROTHY JOHNSON

(1910 – 2008)

Y KATHERINE COLEMAN

(1918 – 2020)

Esta es nuestra historia, la historia de tres mujeres cuyas vidas se entrelazaron en el Laboratorio Aeronáutico de Langley, donde, batallando sin descanso, logramos derrotar la segregación racial del sector aeroespacial. Aunque veníamos de lugares distintos, las tres compartíamos una mente prodigiosa para los números y un mismo destino. Empezamos en una época donde la segregación era la ley. Trabajamos en la sección West Area Computers,una unidad donde las mujeres negras estábamos separadas de las blancas, obligadas a usar baños y cafeterías distintas. Nos llamaban «computadoras humanas» o «computadoras de color», y aunque nuestro trabajo era fundamental para la carrera espacial, el sistema intentaba frenarnos por nuestro género y el color de nuestra piel.

Dorothy Vaughan: Yo fui la pionera que llegó a Langley en 1943, convirtiéndome en la primera supervisora afroamericana de la NACA (predecesora de la NASA). Cuando vi que las computadoras electrónicas IBM amenazaban con reemplazarnos, no me dejé vencer por el miedo; aprendí de forma autodidacta el lenguaje FORTRAN y preparé a mi equipo de la sección West Area Computers para la nueva era digital, asegurando que ninguna de mis compañeras se quedara atrás en la carrera hacia el futuro.

 

Mary Jackson: Mi camino fue el de la perseverancia frente a las leyes injustas, pues para convertirme en ingeniera en 1958, tuve que luchar en los tribunales por el derecho a es- tudiar en un instituto exclusivo para blancos. Tras años de éxito diseñando experimentos en túneles de viento supersónicos, decidí sacrificar mi propio ascenso para convertirme en Gerente del Programa Federal de Mujeres, dedicando el resto de mi vida a derribar los muros que impedían a otras mujeres y minorías alcanzar su máximo potencial en la ciencia.

Katherine Johnson: Mi mente fue el motor que calculó las trayectorias precisas para el
Proyecto Mercury y la histórica misión del Apolo 11 hacia la Luna. Mi mayor victoria no fue solo numérica, sino de confianza: el astronauta John Glenn se negó a despegar hasta que yo hubiera verificado a mano los cálculos de las máquinas, demostrando al mundo que las matemáticas son una verdad universal capaz de romper cualquier prejuicio racial o de género.

Hoy nuestros nombres están grabados en la historia: desde la Medalla Presidencial de
la Libertad que recibió Katherine, hasta la sede central de la NASA en Washington D. C. que lleva el nombre de Mary. Nuestra unión demostró que ninguna barrera es insuperable cuando se busca alcanzar las estrellas.

Colección el duende Pepín

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anne-bonny-mary-read

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ANNE BONNY (1697 – Siglo XVI )

y MARY READ (1695 – 1721)

Nuestros nombres son Anne Bonny y Mary Read, y aunque nacimos en orillas distintas —una en Irlanda y la otra en Inglaterra—, el destino nos unió bajo la misma bandera negra y el mismo disfraz. Desde nuestro primer aliento, la vida nos obligó a la transgresión: ambas fuimos vestidas y criadas como varones para ocultar escándalos familiares o reclamar herencias prohibidas a las mujeres. Esa máscara infantil no fue una carga, sino el mapa que nos guió hacia nuestra libertad.

Nuestros caminos se cruzaron en las Bahamas, en el corazón de la piratería. Anne había abandonado la seguridad de su hogar en las Carolinas por la pasión del océano y el amor del capitán Jack Rackham, apodado «Calico Jack». Mary, tras haber servido como soldado en Flandes y enviudado prematuramente, había vuelto a sus ropajes de hombre para buscar fortuna en las Indias Occidentales. En la cubierta del barco de Rackham, renunciamos a nuestra supuesta «feminidad» para robar, navegar y beber, actuando como uno más de la tripulación. Pronto descubrimos que no estábamos solas; bajo los sables y los juramentos, latía el mismo espíritu indomable. Juntas nos convertimos en leyenda. En la batalla, éramos las primeras en subir a la cubierta, manejando la pistola y el acero con más resolución que cualquier hombre.

Desafiamos las leyes del siglo XVIII y los límites del género, demostrando que el valor no entiende de ropajes. Nuestra suerte cambió en octubre de 1720, frente a las costas de Jamaica. 

Recordamos con rabia aquel día: mientras los hombres de nuestra tripulación se escondían cobardemente en la bodega, demasiado ebrios para luchar, nosotras dos fuimos las únicas que defendimos la cubierta con ferocidad contra las fuerzas del gobernador sir Nicholas Lawes. Fuimos capturadas y llevadas a juicio en St. Jago de la Vega, donde se nos sentenció a la horca.

Frente al verdugo, ambas reclamamos «clemencia por nuestros vientres», logrando posponer la ejecución al declarar nuestros embarazos. El destino, sin embargo, nos separó en las sombras de la prisión. Mary murió de fiebres en su celda en abril de 1721, sin volver a ver el horizonte. El rastro de Anne, en cambio, se perdió en la historia, dejando tras de sí el eco de un último reproche a Rackham en su celda. Aunque nuestras vidas tomaron rumbos distintos, nuestros nombres quedaron grabados para siempre como el testimonio de dos mujeres que prefirieron la soga del verdugo antes que la esclavitud de las faldas.

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Marianna Von Martinez: mujeres en la historia de la música

Marianna Von Martinez: mujeres en la historia de la música

MARIANNA VON MARTINEZ

(1744 – 1812)

Me llamo Marianna Von Martínez. Nací en Viena, en un edificio de la Michaelerplatz. Aunque mi familia era de origen español e italiano, mi vida transcurrió en el corazón del clasicismo vienés. Tuve la inmensa fortuna de crecer en un hogar excepcional: vivíamos con el célebre poeta Pietro Metastasio, quien
supervisó mi educación y fue mi mentor de por vida.

En mis tiempos, el destino de las mujeres músicas solía reducirse al ámbito íntimo y privado de los salones, limitándonos a ser cantantes o intérpretes de tecla. Sin embargo, mi talento fue evidente desde niña y recibí una educación musical del más alto nivel. Aprendí a tocar el teclado con un joven Joseph Haydn, que vivía en nuestro mismo edificio, y estudié canto y composición con maestros como Nicola Porpora y Giuseppe Bonno.

A diferencia de lo que se creía eran las “habilidades naturales” de una mujer, me atreví con formas musicales a gran escala. Compuse más de 200 obras, incluyendo sinfonías, sonatas, música sacra y misas que fueron interpretadas en las iglesias más importantes de Viena. Mi oratorio, Isacco figura del redentore, fue un éxito rotundo cuando se estrenó en 1782; fui la primera mujer en lograr tal hito con la Tonkünstler-Societät. Incluso el gran Mozart acudía a mi casa para tocar duetos al piano conmigo.

«No hay nada en las facultades
de la mente que esté vedado al sexo femenino; el entendimiento no tiene género.»

A pesar de mis éxitos, sufrí los prejuicios de mi época. Hombres como el compositor Hasse decían que “escribir música dañaba mi voz”, sugiriendo que una mujer no debía esforzarse intelectualmente. Mi reconocimiento fue tal que en 1773 me convertí en la primera mujer admitida en la prestigiosa Academia Filarmónica de Bolonia, un honor reservado solo a los grandes maestros.

Lamentablemente, tras mi fallecimiento en 1812, mi música cayó injustamente en el olvido, silenciada por una historia que prefería recordar solo a mis compañeros varones. Hoy, mi legado está siendo redescubierto para demostrar que las mujeres siempre hemos estado
en el centro de la creación artística.

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MARGOT MOLES

(1910 – 1987)

Me llamo Margot Moles Piña y nací en Terrassa (Barcelona), aunque crecí en Madrid en el seno de una familia de intelectuales de la burguesía catalana. Mi padre era profesor en el Instituto-Escuela, un centro pionero de la Institución Libre de Enseñanza, donde recibí una educación liberal que fomentaba la actividad física sin distinción de género.

En mis tiempos, que una mujer practicara deporte de competición era algo excepcional, casi inexistente, pero yo decidí romper con los moldes. Fui una deportista total y pionera. Junto a mi hermana Lucinda, fui de las primeras mujeres en practicar atletismo en España. En 1932 logré una marca mundial en lanzamiento de martillo (22,85 metros) que nadie pudo superar hasta 1975. No me detuve ahí: fui capitana del equipo de hockey del Athletic Club de Madrid, campeona de natación y fundadora del Real Canoe.

Mi mayor hito internacional llegó en 1936, cuando me convertí en la primera mujer española en participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno, en Garmisch-Partenkirchen (Alemania), compitiendo en esquí alpino en pleno auge del nazismo.

«En el deporte no debe haber
sexos; solo resultados.»

Sin embargo, mi carrera y mis sueños se truncaron violentamente con el estallido de la Guerra Civil y la llegada de la dictadura franquista. Por defender la República y por ser una mujer moderna, fui condenada al ostracismo. El régimen fusiló a mi marido, Manuel Piña, en 1942, y a mí se me prohibió competir en el deporte, pues la dictadura lo consideraba «indecoroso» para las mujeres, cuyo rol debía limitarse a labores domésticas. Pasé de ser una campeona internacional a tener que bordar ropa para sobrevivir y sacar adelante a mi hija. Mi brillante historial fue borrado de la memoria colectiva, silenciando mis logros
durante décadas.

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CONCEPCIÓN ARENAL

(1820 – 1893)

Fui una pensadora, periodista, poeta y activista, nacida en Ferrol en 1820, en el seno de una familia de ideas liberales. Mi infancia quedó marcada por la pérdida de mi padre, un militar que murió enfermo tras sufrir prisión por oponerse al régimen absolutista de Fernando VII. A los catorce años me trasladé con mi madre a Madrid, donde me inscribieron en un «colegio de señoritas». Sin embargo, aquellas lecciones sobre modales y etiqueta no satisfacían mi enorme curiosidad intelectual; yo quería estudiar en la universidad, algo prohibido para las mujeres de mi tiempo. Para lograrlo, desafié las normas y asistí a las clases de Derecho disfrazada de hombre, usando levita, capa y sombrero de copa. Aunque fui descubierta, mi brillantez en un examen obligó al rector a permitirme seguir como oyente entre 1842 y 1845.

Mi vida estuvo dedicada a la lucha por los más vulnerables. En 1860, escribí mi ensayo La beneficencia, la filantropía y la caridad, pero tuve que presentarlo al concurso de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas bajo el nombre de mi hijo Fernando, de diez años. Al descubrirse que la autora era una mujer, se generó un gran escándalo, pero finalmente me concedieron el premio por la gran calidad del texto.

«Abrid escuelas y se cerrarán cárceles.»

Fui la primera mujer en España en ocupar un cargo relevante en la administración al ser nombrada visitadora de Prisiones de Mujeres en 1863. Desde allí, denuncié las condiciones inhumanas de las cárceles y defendí que el fin del castigo debía ser la reforma y no la venganza, bajo el lema: «Odia el delito y compadece al delincuente». A través de mis obras como La mujer del porvenir (1869), defendí que la supuesta inferioridad intelectual de la mujer no era natural, sino fruto de la falta de educación. Trabajé incansablemente en la Cruz Roja y fundé el periódico La Voz de la Caridad para dar voz a los desheredados. Pasé mis últimos años en Galicia, escribiendo y luchando por la justicia
social hasta mi muerte en 1893. Mi epitafio dice: «A la virtud, al talento, a la ciencia».

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CLARA CAMPOAMOR

(1888 – 1972)

Me llamo Clara Campoamor Rodríguez y nací en Madrid, en el castizo barrio de Maravillas, en el seno de una familia humilde y liberal. Aunque la historia me recuerda como una gran oradora y jurista, mis inicios no fueron sencillos.

En mis tiempos, la vida golpeaba pronto. Siendo una niña, sufrí la pérdida de mi padre, lo que me obligó a dejar la escuela para ayudar a mi madre, que era costurera. Tuve que trabajar desde pequeña, primero como modista, luego como dependienta y telefonista. Sin embargo, mi afán de superación era inagotable. A los veintiún años logré aprobar oposiciones para el Cuerpo de Telégrafos y más tarde gané una plaza docente para enseñar a adultos, aunque al no tener el bachillerato solo podía enseñar taquigrafía y mecanografía.
Sabía que la educación era la llave de la libertad. Ya adulta, con treinta y dos años, retomé mis estudios y logré terminar el bachillerato y licenciarme en Derecho en la Universidad de Madrid en tiempo récord, convirtiéndome en una de las primeras abogadas de España, defendiendo los derechos de la mujer y casos de divorcio mucho antes de que fueran ley.

Me integré en el Ateneo y en la Real Academia de Jurisprudencia, espacios hasta entonces dominados por hombres
Con la llegada de la Segunda República en 1931, fui elegida diputada. Era una situación paradójica: las mujeres podíamos ser elegidas, ¡pero no podíamos votar!

«La libertad se aprende ejerciéndola.»

Desde mi escaño libré mi mayor batalla. Me enfrenté sola a casi todo el Congreso, incluso a mi propio partido y a la otra diputada, Victoria Kent, quien creía que debía aplazarse el voto femenino. Yo defendí que la libertad se aprende ejerciéndola y que no se podía construir una República democrática excluyendo a la mitad de la ciudadanía. El 1 de octubre de 1931, logré mi objetivo: la aprobación del sufragio universal.

Lamentablemente, esta victoria fue mi «pecado mortal» político. Tras la victoria de la derecha en 1933, fui injustamente señalada y aislada. Me culparon de su derrota y mis compañeros me dieron la espalda. Fui vilipendiada. Al estallar la Guerra Civil, tuve que huir de Madrid temiendo por mi vida, iniciando un largo exilio que me llevó a Suiza y Argentina. Elrégimen franquista me procesó por masonería y nunca me permitió regresar a mi patria sin renunciar a mis principios. Fallecí en Lausana en 1972, ciega y lejos de casa, sabiendo que el tiempo daría la razón a mi lucha.

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